Renunciaría a seguir jugando con la presión atmosférica de mis pulmones. Cortaría de raíz mi relación con los impulsos del necrosado miocardio. Dejaría de trabajar para mis ojos; olvidar lo que vi y evitar lo que veré. Renunciaría a los aromas de la primavera, de la comida caliente, de la piel morena que con el tacto (al cual también abandonaría) descubrí, en una geografía húmeda de sentimientos que yacen en un cementerio de tumbas abiertas.
Le diría a mis sesos que se deshicieran... pero no soy tan egoísta como pareciera.
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